Todos conocemos y sabemos las diferencias que existen entre los Servicios de Perineonatología de los grandes centros urbanos con aquellos que cuentan con una menor área poblacional de cobertura, tales como infraestructura, tecnología, capacitación y docencia, recursos humanos, estadísticas, acceso a los insumos médicos, etcétera. Esta misma diferenciación puede trasladarse, de igual manera, al terreno de las prestaciones en Servicios públicos y privados y lo mismo acontece cuando se comparan las posibilidades de diferentes estados, provincias o países, como habitualmente sucede cuando se intenta equiparar nuestra medicina con la de los países Europeos o de América del Norte. Todas estos aparentes antagonismos conllevan sus propias estadísticas, tasas de morbi-mortalidad, evolución científica y participaciones particulares que intentan justificar los logros que se alcanzan dentro de cada subpoblación. De allí que los resultados se adaptan según los servicios sean públicos o privados, si es de una gran ciudad o no y si corresponde a un país en vías de desarrollo o a uno del primer mundo, entre otras variables.
Pero para todos aquellos que hemos tenido la posibilidad de vivir estas diferentes circunstancias y hemos pasado por distintos servicios, nos queda la convicción de que hay un principio básico en cualquier situación en la que nos encontremos y es el rol fundamental del neonatólogo y el subespecialista, independientemente de la categoría en la cual se encuentren: el espíritu y la mística que deben guiar a quienes somos responsables del cuidado del recién nacido. Y nos estamos refiriendo concretamente a lo que significa el verdadero compromiso que debemos tener para con nuestra especialidad: el trabajar por su cuidado y desarrollo, la actualización permanente, la capacitación y docencia de residentes, concurrentes y personal adjunto al servicio, la conscientización, evaluación y control permanente del personal de enfermería -pilar fundamental en la evolución del recién nacido-, la adaptación y responsabilidad frente a la falta de recursos o situaciones de crisis, la humanización y ética para enfrentar dificultades, el trato y el diálogo personalizado para con los padres de nuestros pacientes, la humildad y autocrítica para tomar las decisiones más convenientes en el momento más oportuno y adecuado.
Respetar estos principios y ser fieles a estas convicciones son prioritarios para mejorar la calidad de atención de nuestros pequeños pacientes y nuestros valores como personas, independientemente del medio en el cual se desarrolle nuestra actividad diaria. Es nuestra responsabilidad el ser los forjadores del futuro de nuestra especialidad, transmitiendo el mensaje y la mística de los pioneros de la Neonatología en nuestro país y el mundo, a las generaciones de jóvenes colegas que vendrán. |